Artículo ilustrado con excelentes fotografías  de Calatañazor publicado en  la revista ¡HOLA!  especial “VIAJES” nº 17 en  julio de 2012.

 

Bienvenidos a la Edad Media
Árboles de edad incalculable y un manantial declarado monumento natural rodean el pueblo más bello de Soria, donde Almanzor libró y ganó su última gran batalla contra las huestes cristianas. Nada parece haber cambiado en Calatañazor desde entonces.

El 30 de julio de 1002, en Calatañazor, Almanzor ganó una batalla más, pero recibió una herida que pocos días después le llevó a la tumba, poniéndo fin a doce años de infierno para los cristianos. Es como si en aquella hora sonada se hubiesen parado los relojes de Calatañazor, que sigue siendo un pueblo medieval en pleno siglo XXI, rodeado de bosques donde los árboles alcanzan edades casi geológicas, verdes lagunas sin fondo conocido y barrancos de un silencio sepulcral, como el que iba dejando tras de sí el pregonero de la buena-mala buena nueva: “En Calatañazor / perdió Almanzor / su tambor”. Encaramado en un peñasco sobre el valle de la Sngre. Calatañazor se ha mantenido fiel a las viejas calles empedradas y a los soportales de madera, a las casas tradicionales de entramado de sabina relleno de adobe y a las cónicas chimeneas pinariegas. Completan este escenario medieval la picota, las tumbas antropomorfas, el cinturón de murallas y la ruinosa fortaleza sobre la que planean aquellos que dieron nombre al lugar: Kalat al-Nasur: castillo de los buitres. Así lo vio, como un perfecto escenario, Orson Welles, que rodó aquí en 1964 y 1965 la película Campanadas a medianoche.
Pero no sólo el pueblo; también los paisajes que lo rodean se han mantenido intactos, quien pasea por estos bosques y nacederos no tienen la impresión de encontrarse en el páramo soriano de Machado, lleno de ariscos pedregales y calvas sierras, sino en la Fontefrida del romancero.

En busca de esos paisajes milenarios hay que salir de Calatañazor por la solitaria carretera que lleva a la vecina localidad de Muriel de la Fuente. Bien señalizado, a medio camino entre ambos pueblos, se halla el sabinar de Calatañazor, un bosque de 30 hectáreas que maravilla por su pureza (ni encinas, ni enebros; sólo sabinas albares), su densidad (250 pies por hectárea), su esbeltez (muchos árboles rondan los 14 metros) su longevidad, pues hay ejemplares de casi dos milenios, anteriores a la batalla de Calatañazor y al cerco de Numancia.

Dos kilómetros más adelante, en Muriel de la Fuente, el antiguo palacio de Santa Coloma alberga la Casa del Parque del Sabinar, donde explican cómo las sabinas albares dominaron la Península en los días de las glaciaciones cuaternarias, pero al mejorar las condiciones meteorológicas buscaron asiento en terrenos de tan poco jugo que harían retorcerse de sed a un tuareg. Sólo ellas arraigan en las áridas y gélidas parameras calizas de Castilla y Aragón, donde el sol, el hielo y el cierzo moldean su follaje perenne de hojas escamiformes -como las del ciprés- y su tronco de madera aromática. Todo ello, acompañado con un ritmo de crecimiento tan lento que a cualquiera de los gigantes que se ven en el sabinar se le puede echar mil años y quedarse corto. También explican que su apellido latino, thurifera, significa “productora de incienso”, y que su madera, de grato aroma resinoso, se quemaba antiguamente para producir un olor penetrante que, según la creencia popular, repelía a los insectos e incluso a las serpientes.
Pero el viaje no acaba aquí, A un kilómetros de Muriel, río Abión arriba, se halla la Fuentona, un paraje declarado monumento natural que cuenta con varias sendas señalizadas. La principal, de unos 700 metros de longitud, conduce por el fondo del barranco calizo hasta el nacedero donde aflora el Abión, hecho ya un río grande, después de un curso subterráneo que los espeleobuceadores aún andan explorando.
En 2003, un equipo de Al filo de lo imposible logró superar el primer sifón, de 50 metros de profundidad, pero allá abajo queda todavía un mundo por descubrir que da un punto misterioso al enclave. Puentes de madera, cascadas y diáfanas pozas de lecho rocoso crean un paisaje como de jardín japonés, una impresión que se acentúa al arribar a la laguna insondable de color esmeralda donde surge el río y donde se espejan, retorcidas y esculturales, como bonsáis gigantes (si se permite el oxímoron), las viejas sabinas.